El factor costumbre

Que uno se acostumbra a las cosas es evidente.

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Imagen sacada de  Backyardbrains.com

Un olor puede ser intenso pero al cabo de un rato dejas de notarlo, la repetición de una rutina lo convierte en hábito y casi no pensamos en ello, vamos a un concierto y lentamente la masa sonora deja traslucir más y más detalles, compras algo que te entusiasma y a los meses ya no te llama la atención.

Esos podrían ser ejemplos de lo que llamo factor costumbre, y que en castellano normal y corriente simplemente es acostumbrarse a algo. También podría tratarse de la llamada plasticidad neuronal u otro fenómeno parecido. Y lo traigo a colación porque por propia experiencia sé que a veces no lo tenemos en cuenta todo lo que se merece.

En el caso de a los que disfrutamos escuchando música grabada quisiera dedicarle unas líneas.

 

Muchas veces he empleado la expresión siguiente: “en el caso de la música que escuches… te podría gustar más esto o lo otro”. Creo que más oportuno sería decir “en el caso de la sonoridad a la que estés acostumbrado” puesto que nuestro sistema de reproducción musical, y luego la propia percepción, tiñe de algún modo u otro, y con mayor o menor grado, la grabación. Este color especial es a lo que estamos acostumbrados y me gustaría llamar la atención sobre esta impronta sonora porque es el molde a partir del cual solemos evaluar todo lo demás.

Este factor costumbre tiene mucho que ver con nuestro cerebro y la forma que tiene de filtrar,  procesar e integrar las sensaciones, recuerdos, expectativas, estados de ánimo… y formar una percepción que sería mayor que la suma de todas ellas. Puede que no parezca evidente, pero la percepción puede ser muy variable según, por ejemplo, nuestro estado de ánimo. Así, en pacientes depresivos se ha evidenciado que perciben el mundo en tonos de color más apagados y grises, tanto que se postula como una posible herramienta diagnóstica. Y en el caso de estados maníacos uno reparte su dinero a extraños y se siente todopoderoso, quizás la música sea muy excitante en esos momentos como supuestamente describe aquí una paciente:

One clue I use is music. I lived with very severe depression for over 20 years and as I got older, music had too many depression memories attached to the songs and I finally stopped trying to listen to music as it made me so sad. One of the first signs of mania that I notice before I even think about being manic is my ability to listen to my iPod. I can turn it on and listen to my favorite bands from Joy Division and Jack White to the Artic Monkeys without thinking about how hard my life has been. I can turn on the radio in the car and not slip back into worrisome thoughts and musings. This always seems like something normal, but considering that I can hardly listen to the radio at all, suddenly being able to turn it on with ease is a sign I can’t ignore.  Eventually, I have the very obvious sign that I’m euphoric because I play music in the car very, very loud and usually bang my hands on the steering wheel.

 

La costumbre a corto y largo plazo

El otro día fuimos a un concierto de jazz con una ecualización que en principio era malísima: muchísimos graves, agudos chillones y una falta total de sutileza y detalles. Parecía que iba a ser imposible de disfrutar. Y sin embargo lo que sucedió no deja de sorprenderme. La primera impresión fue que todo era una amalgama informe de sonidos, pero lentamente empezó a cambiar. Al cabo de media hora los graves eran más soportables y los agudos, aunque estridentes, también; el nivel de detalle se había incrementado y era posible distinguir mejor las líneas de los distintos instrumentos.

Para mí está claro que el cerebro había estado trabajando todo ese rato, procesando las distintas señales y haciéndolas cada vez más inteligibles.

A largo plazo aun me resulta más sorprendente. Compras unos auriculares que no son demasiado buenos pero con el uso empezamos a percibir más detalles que al principio no eran evidentes. El concentrarse en la música va haciendo que, de algún modo u otro, los detalles empiecen a ser cada vez más aparentes. Evidentemente esto tiene un límite, pero llega un momento en el que se puede percibir un buen montón de cosas que al principio no resultaban obvias.

El estar acostumbrado a una sonoridad implica que hay que ser cauto al acercase a otras sonoridades diferentes. Por ejemplo me sucedió que estaba hecho a la de los Grado PS1000e, y la primera vez que escuché los Audeze LCD-X me parecieron horribles. No obstante, ahora tengo en casa los LCD-X y no los PS1000e.

Cualquiera puede ver por sus distintas gráficas FR que ofrecen sonoridades que no tienen nada que ver. Pero lo interesante es que hay que estar un poco precavido respecto a lo que nos resulta agradable o desagradable de entrada porque el factor costumbre nos puede jugar malas pasadas.

Otra situación diferente sería cuando queremos establecer una comparación. En ese caso creo que la costumbre se vuelve todavía más espinosa. Nada nos va a eliminar los sesgos personales, y afortunadamente somos personas y no micrófonos, pero está claro que todo habrá que tomárselo con calma. ¿Qué pasa si evalúo dos auriculares pero con la sonoridad de uno me siento más a gusto?, ¿será posible que eso afecte a mi percepción del sonido y a la atención que presto a la música? Y si escucho una pieza dos veces seguidas, ¿cómo no sé que la segunda vez estaré fatigado y por tanto lo que perciba será bien diferente?

En un mundo cada vez más tendente a la búsqueda de lo numérico, lo subjetivo queda más y más relegado. Así, porque me ha pasado, uno se ve a veces en la ilusión de creer que mirando una gráfica FR y de distorsión ya va a saber si unos auriculares le van a gustar o no. Eso me parece a estas alturas tan absurdo como pretender que un histograma sustituya a una fotografía, un mapa de una ciudad a la ciudad en sí, o la sinopsis de una película a la propia película.

Yo creo que en el mundo del audio hay que darse tiempo. Lo inmediato aquí parece interesante pero hay que dar cierta oportunidad a lo diferente, aprender a ser pacientes. He recibido auriculares que al principio no me han gustado nada pero al cabo de un par de horas me habían entusiasmado, y otros que me encantaron al principio y después de un día o dos me resultaban insoportables.

 

La costumbre a los cambios

Que nadie se baña dos veces en el mismo río es evidente, y aun así es difícil integrarlo en el día a día.

Compramos el mejor equipo de audio que hemos escuchado jamás, nos dejamos un dineral, y al cabo de los meses habrá quien se atormente porque sonaba mejor tiempo atrás. Esa pérdida de calidad suele ir definida como que le falta frescura, impacto, detalle… ¿y no será porque nos hemos acostumbrado?

En el mundo de la música es particularmente llamativo que mucha gente parece quejarse de que compra un equipo que un día le suena genial y al día siguiente le es completamente anodino. Por supuesto podría ser que hubiera algo funcionando mal en dicho equipo y es lo primero que habrá que comprobar, pero si ese fenómeno se repite a lo largo de meses, ¿qué es más probable, que el equipo varíe misteriosamente o que seamos nosotros y nuestras circunstancias las que han cambiado?

El pretender que una misma obra musical nos produzca exactamente el mismo impacto cada vez me parece poco realista, y en el peor de los casos puede causar un estrés innecesario. Desde luego creo que hay que estar dispuesto a asumir que en el mundo del audio no escuchamos dos días de la misma forma ni tampoco tenemos las mismas ganas de escuchar la misma música ni el mismo estilo.

Quitar importancia a esas variaciones y ser consciente de ellas puede suponer un alivio importante. Hay que aprender a relajarse si las cosas no llegan a nuestras expectativas. También otra opción que he descubierto es la de tener auriculares de sonoridades distintas para disfrutar de perspectivas diferentes de una misma pieza musical.

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